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Archive for Novembro, 2014

Boa Síntese

We live in a debt-fuelled, techno-narcissitic, ecologically unsustainable world and in an economic system that channels the remaining wealth upwards. The system, which worked well enough for most people in times of an expanding energy supply without too many competing claims is now shifting into reverse gear and causing itself to self-cannibalise. Economic and political injustice is growing ever sharper and more noticeable — despite all the happy talk of economic recovery. Growth is an illusion, contraction is a reality, and things are getting worse. Prepare yourself for the inevitable and try to gain some control over the essentials of your life. Grow stuff, tread lightly on the earth, appreciate what you have and try to enjoy the ride.
Jason Heppenstall, Learning to Live Fearlessly

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THE END IS NEAR

I am writing this before the election, so I cannot know whether George W. Bush or John F. Kerry will be our President, God willing, for the next four years. These two Nordic, aristocratic multi-millionaires are virtually twins, and as unlike most of the rest of us as a couple of cross-eyed albinos. But this much I find timely: Both candidates were and still are members of the exclusive secret society at Yale, called “Skull and Bones.” That means that, no matter which one wins, we will have a Skull and Bones President at a time when entire vertebrate species, because of how we have poisoned the topsoil, the waters and the atmosphere, are becoming, hey presto, nothing but skulls and bones.

Poetry!

What was the beginning of this end? Some might say Adam and Eve and the apple of knowledge. I say it was Prometheus, a Titan, a sonof gods, who in Greek myth stole fire from his parents and gave it to human beings. The gods were so mad they chained him naked to a rock with his back exposed, and had eagles eat his liver.

And it is now plain that the gods were right to do that. Our close cousins the gorillas and orangutans and chimps and gibbons have gotten along just fine all this time while eating raw vegetable matter, whereas we not only prepare hot meals, but have now all but destroyed this once salubrious planet as a life-support system in fewer than 200 years, mainly by making thermodynamic whoopee with fossil fuels.

The Englishman Michael Faraday built the first dynamo, capable of turning mechanical energy into electricity, only 173 years ago. The first oil well in the United States, now a dry hole, was drilled in Titusville, Pennsylvania, by Edwin L. Drake only 145 years ago. The German Karl Benz built the first automobile powered by an internal combustion engine only 119 years ago. The American Wright brothers, of course, built and flew the first airplane only 101 years ago. It was powered by gasoline. You want to talk about irresistible whoopee?

A booby trap.

Fossil fuels, so easily set alight! Yes, and […] we are presently touching off nearly the very last whiffs and drops and chunks of them. All lights are about to go out. No more electricity. All forms of transportation are about to stop, and the planet Earth will soon have a crust of skulls and bones and dead machinery. And nobody can do a thing about it. It’s too late in the game. Don’t spoil the party, but here’s the truth: We have squandered our planet’s resources, including air and water, as though there were no tomorrow, so now there isn’t going to be one. […]

In These Times, October 29, 2004

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Antonio Turiel

Una fracción minúscula del internet español está estos días revolucionada, no por la aparición del virus del ébola en la capital de España, sino por algo que consideran un desastre todavía mayor: que Podemos, a través de Pablo Iglesias, le haya encargado a Juan Torres y a Vicenç Navarro la elaboración del programa económico de esa formación política. Los miembros de esta fracción internáutica diminuta e imperceptible no se escandalizan porque tengan miedo de que las propuestas de los dos catedráticos sean terriblemente progresistas o porque, dado el crecimiento de la formación, esas ideas puedan llegar a poner en peligro algunos valores tradicionales muy asentados; qué va, hay quienes se preocupan por eso, pero son un grupo que aunque minoritario es mucho mayor que aquellos de los que hoy me ocupo. Lo que realmente preocupa a mi caterva insignificante, despreciable en su pequeñez, es justamente lo contrario: que las propuestas de los dos intelectuales quedarán demasiado cortas; que, dadas las orejeras que les imponen su formación clásica, ni Juan Torres ni Vicenç Navarro aceptarán nunca que el mundo tiene límites y centrarán su discurso en redistribuir, basándose sobre todo en aquello con lo que se crece, sin ver ni querer entender que el mundo está abocado a un decrecimiento duro y prolongado.

Conviene no olvidar que hace no demasiados meses estos dos mismos eruditos, Juan Torres y Vicenç Navarro, polemizaban con Florent Marcellesi sobre el significado político del decrecimiento. Desgraciadamente, a pesar de su honestidad intelectual y su compromiso con la sociedad, ninguno de ellos pareció comprender que el decrecimiento no es un movimiento político reaccionario delante de una realidad desagradable, sino una realidad desagradable a la que uno sólo puede reaccionar, en algún caso, a través de un movimiento político.

Vicenç Navarro llevó más lejos aún la polémica,  lanzando repetidas andanadas contra el decrecimiento en general y contra Florent Marcellesi en particular, alguna de las cuales yo intenté devolver desde mi mucho más modesto navío internáutico,  The Oil Crash. Y ahí quedó la cosa… o no quedó, porque unos meses más tarde un pequeño grupo de académicos y activistas, que incluía al citado Marcellesi y accidentalmente a un servidor, decidió lanzar el  manifiesto Última Llamada (y más tarde este blog), con el propósito de denunciar que no sólo las medidas de austeridad ciegas llevan a la pobreza y la desesperación a la mayoría, sino que también las políticas neokeynesianas (a las que Navarro y Torres parecen ser adeptos) pueden llevarnos por ese mismo camino, a pesar de tener mayor voluntad social que las otras. En aquel fin de semana extraño en que el manifiesto Última Llamada viera inopinadamente la luz, aparecieron varias decenas de firmantes iniciales de los que yo nunca hubiera sospechado que estuvieran al tanto de lo que estábamos preparando aquel puñado de “mindundis”. Y entre los firmantes iniciales del manifiesto está, bien arriba de todo, el nombre de Pablo Iglesias.

Última Llamada ha supuesto para ese pequeño grupo que comentaba al principio un atisbo de esperanza en medio de la sinrazón del debate completamente polarizado de hoy en día. Delante de un escenario en que se plantean sólo dos opciones posibles (austeridad del neoliberalismo o “crecimiento vía el ahorro” versus redistribución y neokeynesianismo o “crecimiento vía el consumo”), Última Llamaba creaba una nueva e imprescindible dimensión a lo largo de la cual moverse, como diciendo: “¿Y qué pasa, señores, si crecer ya no es físicamente posible, aparte de no ser deseable?”.

Ninguno de los dos leviatanes económicos, neoliberalismo y neokeynesianismo, ha prestado la más mínima atención al alfeñique del decrecentismo hasta que sus tesis no han comenzado a ganar adeptos, a medida que el tiempo pasa y la crisis no se soluciona. Pero ahora que ese tercero en discordia ha comenzado a ganar un cierto (y escaso) terreno, los dos gigantes del pensamiento económico han optado por dos estrategias diferentes respecto a él: ridiculizarle e ignorarle (con mucho, la mayoritaria) o intentar desarmarlo intelectualmente (la opción de Navarro).

Los que apuestan por el decrecentismo, seamos honestos, son las personas desencantadas de tantas promesas incumplidas y que ya sólo buscan una tierra firme que pisar, no importa cuán baja sea. Para estas personas, la última y única alternativa final al decrecentismo es el colapso entero de la sociedad, y no es por eso casualidad que uno de los grupos de Facebook donde se contempla el decrecentismo como última esperanza se llame así, “Colapso”. Los decrecentistas han perdido ya la fe en la actual pero moribunda sociedad del consumo, y buscan, como otros muchos sectores de la sociedad, una regeneración, un cambio profundo que haga viable la sociedad desde bases más sólidas y mejor asentadas. Y por eso muchos decrecentistas y personas con pensamiento afín vivieron con gran ilusión la emergencia de Podemos y de Pablo Iglesias como una última esperanza de hacer las cosas bien hechas.

Sucede, sin embargo, que aquellos que han transitado por el camino del decrecentismo, que lleva a comprender la necesidad e inevitabilidad del decrecimiento, han ido mucho más lejos que los que sólo perciben la corrupción de nuestro mundo y la necesidad de que nazca un mundo nuevo. Los decrecentistas son, por ello, mucho más críticos, porque ya han pensado mucho en el problema y ya han descartado muchas falsas soluciones; sus mochilas se han vaciado, tras un largo proceso de reflexión y raciocinio, de renuncia a muchos sueños, y ahora ya son libres de toda carga material y sólo esperan que podamos emprender como sociedad el camino del descenso necesario.

Por eso resulta comprensible que, ahora que Pablo Iglesias se desmarca de esas ideas con un discurso de tonos ya no sólo neokeynesianos sino incluso socialdemócratas, la decepción de estas personas sea grandísima. Y el fichaje de Vincenç Navarro y Juan Torres para la elaboración del programa económico se percibe como una traición, perpetrada por aquel en el que algunos decrecentistas habían puesto sus últimas esperanzas.

Y sin embargo, a mi modo de ver, se equivocan los que piensan así. Se equivocan porque no comprenden qué es Podemos. Por encima de todo, Podemos es un partido político. Uno que aspira a regenerar la vida política, bien es cierto; pero es un partido al fin y al cabo. Y dada la dinámica de los partidos en las democracias liberales, Podemos se ve en la necesidad de hacer más aceptable su discurso si quiere llegar, algún día, a ser alternativa de Gobierno e incluso, más aún, la base de una nueva visión hegemónica. Pero como se repite en las discusiones de estos días, Podemos no puede llegar a ser un movimiento mayoritario con un discurso decrecentista. Y la razón es obvia: como digo desde el principio del artículo, los decrecentistas son cuatro gatos.

A la mayoría de la población no le puedes explicar que tiene que vivir con menos porque, aunque se reparta lo que hay entre todos, a la mayoría le acabará tocando a menos (porque cada vez habrá menos); no te querrán creer, porque en la tele, los diarios, las revistas… no se habla del fin del crecimiento ni del fin del capitalismo. Podemos aspira a ser el movimiento de toda esa gente, la que se da cuenta de que un cambio es necesario –que es la mayoría–, pero no de los que se dan cuenta de que ese cambio tiene que ser radical –que es una minoría–. Contentar a ambos colectivos a la vez es imposible sin mentir, y Podemos ha elegido al primero porque, simplemente, son muchísimos más, y con su fuerza aspiran a poder gobernar, y poder al fin hacer los cambios que consideran necesarios.

En definitiva, Podemos es o aspira a ser un reflejo de una sociedad que se ha sentido ignorada y engañada por sus dirigentes, y también aspira a ser reflejo de sus cambios. Y, admitámoslo, nuestra sociedad no es decrecentista; no ha entendido el decrecimiento ni sabe ni quiere saber que el decrecimiento ya está en marcha, sin que lo hayan puesto en marcha los decrecentistas, y sin que nadie lo pueda parar.

No culpemos a Podemos por no ser como aspiramos que sea, por no ser cómo sabemos que debería ser si no quiere estrellarse. Podemos es sólo el espejo donde se mira la sociedad, y por tanto ese “Podemos” de su nombre es más bien “Lo que podemos”, aquello que la sociedad es capaz de decir, pensar y hacer. Al oír su nombre, “Podemos”, pensamos que son todo posibilidades, que su nombre es la expresión de una voluntad regeneradora e indómita; sin embargo, en realidad su nombre significa “Lo que podemos”: no es todo lo que podríamos hacer, sino una delimitación de lo que nos atrevemos a ser y a pensar; no son todo verdes praderas sino una expresión de nuestras limitaciones como sociedad. Simplemente, no podemos más. Esto es lo que somos y esto es lo que podemos. En realidad, al decir “Podemos” insistimos sobre “Lo que no podemos”.

Los decrecentistas, en realidad, tienen que entender que hay que seguir haciendo pedagogía con la sociedad. Hay que seguir explicando que el ecosistema planetario está gravemente enfermo, y que esta frase no es un lugar común sino  un hecho constatado y doloroso; hay que seguir diciendo que esta crisis no va a acabar nunca y  explicar el porqué; hay que decir en voz cada vez más alta que ni el  fracking ni las  renovables ni ninguna otra tecnología-milagro van a resolver nuestros problemas; hay que advertir que a pesar de los sueños de recuperación  estamos a las puertas de una gran recesión que puede traer consecuencias peligrosas e imprevisibles; hay que gritar, a pleno pulmón,  la verdad a la cara. Sólo cuando sepamos podremos comprender mejor lo que sucede, cambiando también lo que somos. Sólo cuando cambiemos lo que somos cambiaremos lo que podemos. Y sólo entonces podremos.

Podemos. Hagámoslo.

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¿Y si no subiéramos a las montañas más altas?

 

Bután suele ser mencionado en nuestra reflexión social a cuenta de su inspirador índice de “felicidad interior bruta” (como alternativa al PIB) u otros rasgos de su economía alternativa. Pero hoy quisiera llamar la atención sobre otro rasgo singular de este pequeño país adyacente al Tíbet. Bután alberga la montaña más alta del planeta no hollada por ningún ser humano.

Qué desafío, ¿verdad, montañeros y montañeras? Se trata del Gankar Punzum (el Pico Blanco de los Tres Hermanos Espirituales, se nos dice que habría que traducir el nombre de esta montaña al castellano), una cima del Himalaya que ronda los 7.570 metros de altura. En 1994 se prohibió en Bután escalar montañas más altas de seis mil metros, para no perturbar a los dioses y espíritus que, según conjeturan en aquel remoto país asiático, podrían morar allí (la religión local es el budismo vajrayana). En 2003 parece que se prohibió el montañismo en general.

El contraste con la mentalidad occidental de conquista no podría ser mayor… Como es sabido, la razón que dio el eminente escalador Edmund Hillary para explicar su deseo de ascender al Everest (domeñado por fin en 1953) fue: “Porque está ahí”. Citius, altius, fortius (“más rápido, más alto, más fuerte”) es la frase pronunciada por el barón Pierre de Coubertin en la inauguración de los primeros Juegos Olímpicos de la Edad Moderna (Atenas 1896); también es un buen lema si se trata de captar la hybris del capitalismo desembridado. No se pueden reconocer límites a los empeños humanos, ya sean razonables (eliminar la pobreza), cuestionables (maximizar el PIB) o contraproducentes (establecer una base en Marte). No limits, nos martillean esos versículos sagrados que propina a todas horas la propaganda comercial metropolitana. Que siga la juerga…

Pero una sociedad sustentable, si tal cosa llega a existir a partir de la nuestra, será también una sociedad donde –al contrario de lo que sucede en la insostenible sociedad consumista de hoy— la gente sepa aburrirse, soportar la frustración, aceptar la tragedia y hacer frente a la muerte. Será una sociedad donde cada uno y cada una puedan estar sosegadamente a solas, dentro de su habitación pascaliana, sin sentir una angustia insufrible o un vacío insoportable.

En efecto, precisamos una revalorización de la contemplación frente a la acción. Suelo llamarlo el problema de Pascal, evocando aquel conocido paso de sus Pensées donde el filósofo y matemático francés escribió: “He descubierto que toda la desdicha de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo, dentro de una habitación” (fragmento 139 de la edición Brunschvicg).

En 2014, un curioso estudio científico (publicado en la prestigiosa revista Science) llamó la atención del mundo entero: investigadores de las universidades de Virginia y Harvard mostraron que cuando se dejaba sentaditas y solas consigo mismas a las personas durante quince minutos sin “distracciones” (noción eminentemente pascaliana), aparte de una máquina para administrar descargas eléctricas, ¡nada menos dos tercios de los varones y una cuarta parte de las mujeres elegía la electricidad frente a ese ratito de soledad! La diferencia entre varones y mujeres la atribuían los psicólogos al hecho de que los hombres tienden a ser más “buscadores de sensaciones” que las mujeres (Véase James Vincent, “We’d rather give ourselves electric shocks than be alone with our thoughts, says new study”, The Independent, 4 de julio de 2014).

Así que ya ven ustedes si tenía razón el viejo Pascal: ¡la ausencia de teléfono móvil, tableta, reproductor de música o libro resulta más difícil de gestionar que electrocutarse! O disponerse a conquistar el Everest… Todo antes que plantearnos la posibilidad de no subir a las montañas más altas –como esos budistas extremistas de Bután.

Nicolás Maquiavelo escribió: “Los apetitos humanos son insaciables, pues por naturaleza estamos de tal modo constituidos que no hay nada que no podamos anhelar. Pero por fortuna somos de tal manera que de estas cosas no podemos conseguir sino pocas. La consecuencia es que la mente humana se halla perpetuamente descontenta, y es proclive a cansarse de sus posesiones”. ¡Hoy, en la era de la tecnociencia, no puede consolarnos ya el “por fortuna somos de tal manera que de estas cosas no podemos conseguir sino pocas”: nuestra condición se ha agravado adicionalmente! Como advertía el poeta estadounidense William Carlos Williams, “el hombre ha sobrevivido hasta aquí porque era demasiado ignorante para poder realizar sus deseos. Ahora que puede cumplirlos, debe cambiarlos o perecer”.

“Todos los pecados son intentos de colmar vacíos”, decía Simone Weil. “Nunca estamos en casa”, decía Montaigne, “siempre estamos más allá”. ¿Seremos capaces de confrontarnos de forma productiva con el vacío, y de quedarnos sosegadamente en casa en vez de perdernos casi siempre en el allende? ¿No hay algo muy inmaduramente adolescente en esa dinámica que parece tan connatural a la cultura occidental? La verdadera prueba de la sustentabilidad es probablemente la habitación de Pascal. Sin saber estar a gusto con nosotros mismos en los momentos de soledad e inacción, sin la capacidad de reorientar el tedio hacia la exploración interior, sin cierta destreza en las artes de la imposibilidad y del vacío, cabe anticipar que nos faltarán los fundamentos emocionales y culturales para edificar una sociedad sustentable.

La finitud de la biosfera debería constantemente reenviarnos a una reflexión sobre la finitud humana. La crisis ecológico-social que hoy afrontamos es una oportunidad (quizá la última, por desgracia) de afrontar el aprendizaje que de verdad importa: qué significa ser humanos, cómo con-vivir humanamente sobre esta Tierra. Frente a la hybris del capitalismo y la tecnociencia que Occidente ha inoculado a la cultura global, el movimiento de autocontención de Bután resulta ejemplar.

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