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Archive for Outubro, 2013

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El capitalismo ha alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las medidas para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede presentarse como la única alternativa al caos; es el caos y lo será cada vez más. Durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, un puñado de economistas disconformes y pioneros de la ecología social constataron la imposibilidad del crecimiento infinito con los recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos, es decir, señalaron los límites externos del capitalismo. La ciencia y la tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos, originando de paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél al que habían arreglado los viejos. Tal constatación negaba el elemento clave de la política estatal de posguerra, el desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba para resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el que pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e igualitario gracias al desarrollo indefinido de las fuerzas productivas dirigidas por los representantes del proletariado. Además, el desarrollismo tenía contrapartidas indeseables: la destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la artificialización del territorio, la contaminación, el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el agotamiento de los acuíferos, el deterioro de la vida en medio urbano y la anomia social. El crecimiento de las fuerzas productivas ponía de relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante. La fe en el progreso hacía aguas; el desarrollo material esterilizaba el terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia. La revelación de que una sociedad libre no vendría jamás de la mano de una clase directora, que mediante un uso racional del saber científico y técnico multiplicase la producción e inaugurara una época de abundancia donde todos quedaran ahítos, no era más que una consecuencia de la crítica de la función socialmente regresiva de la ciencia y la tecnología, o sea, del cuestionamiento de la idea de progreso. Pero el progresismo no era solamente un dogma burgués, era la característica principal de la doctrina proletaria. La crítica del progreso implicaba pues el final no sólo de la ideología burguesa sino de la obrerista. La solución a las desigualdades e injusticias no radicaba precisamente en un progresismo de nuevo cuño, en otra idea del progreso depurada de contradicciones. Como dijo Jaime Semprun, cuando el barco se hunde, lo importante no es disponer de una teoría correcta de la navegación, sino saber cómo fabricar con rapidez una balsa de troncos. Aprender a cultivar un huerto como recomendó Voltaire, a fabricar pan o a construir un molino como desean los neorrurales podría ser más importante que conocer la obra de Marx, la de Bakunin o la de la Internacional Situacionista. Eso significa que los problemas provocados por el desarrollismo no pueden acomodarse en el ámbito del saber especulativo y de la ideología porque son menos teóricos que prácticos, y, por consiguiente, la crítica tiene que encaminarse hacia la praxis. En ese estado de urgencia, el cómo vivir en un régimen no capitalista deja de ser una cuestión para la utopía para devenir el más realista de los planteamientos. Si la libertad depende de la desaparición de las burocracias y del Estado, del desmantelamiento de la producción industrial, de la abolición del trabajo asalariado, de la reapropiación de los conocimientos antiguos y del retorno a la agricultura tradicional, o sea, de un proceso radical de descentralización, desindustrialización y desurbanización debutando con la reapropiación del territorio, el sujeto capaz de llevar adelante esa inmensa tarea no puede ser aquél cuyos intereses permanecían asociados al crecimiento, a la acumulación incesante de capital, a la extensión de la jerarquía, a la expansión de la industria y a la urbanización generalizada. Un ser colectivo a la altura de esa misión no podría formarse en la disputa de una parte de las plusvalías del sistema sino a partir de la deserción misma, encontrando en la lucha por separarse la fuerza necesaria para constituirse.

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Best-seller

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José Miguel Silva, O Covil de Franz Kafka, O Homem do Saco, 2013

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depois de ter lido um livrinho sobre o beco sem saída a que a humanidade chegou, e escreve sobre o assunto um artigo tão cauteloso e toscamente argumentado quanto seria de esperar, mas nem por isso menos importante. E importante por dois motivos: primeiro, porque às palavras de um ex-presidente da República os media não podem deixar de prestar atenção, e é provável que tal circunstância force o acordar de alguns distraídos;  e segundo porque esta confissão de Soares nos faz suspeitar que os políticos portugueses estão muito melhor informados sobre a Iminente Falência Geral de Tudo do que poderíamos julgar ao ouvir o intercâmbio de tiradas teatrais a que reduzem, com a nossa conivência, o processo político. E se os políticos portugueses sabem o que aí vem e não têm coragem de informar o eleitorado, isso significa que desistiram do país, ou seja, que estão simplesmente a deixar correr o marfim (algum do qual para os seus bolsos, claro) e de malas prontas para o que der e vier. Quanto às conclusões políticas e económicas deste facto, tire-as quem lê.

E só nos resta esperar que na próxima semana Soares se retracte da atoarda proferida há meses, quando disse que “Portugal tem futuro e ainda vai ser um país rico“.

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Chris Hedges

“The rich are different from us,” F. Scott Fitzgerald is said to have remarked to Ernest Hemingway, to which Hemingway allegedly replied, “Yes, they have more money.”

The exchange, although it never actually took place, sums up a wisdom Fitzgerald had that eluded Hemingway. The rich are different. The cocoon of wealth and privilege permits the rich to turn those around them into compliant workers, hangers-on, servants, flatterers and sycophants. Wealth breeds, as Fitzgerald illustrated in “The Great Gatsby” and his short story “The Rich Boy,” a class of people for whom human beings are disposable commodities. Colleagues, associates, employees, kitchen staff, servants, gardeners, tutors, personal trainers, even friends and family, bend to the whims of the wealthy or disappear. Once oligarchs achieve unchecked economic and political power, as they have in the United States, the citizens too become disposable.

The public face of the oligarchic class bears little resemblance to the private face. I, like Fitzgerald, was thrown into the embrace of the upper crust when young. I was shipped off as a scholarship student at the age of 10 to an exclusive New England boarding school. I had classmates whose fathers—fathers they rarely saw—arrived at the school in their limousines accompanied by personal photographers (and at times their mistresses), so the press could be fed images of rich and famous men playing the role of good fathers. I spent time in the homes of the ultra-rich and powerful, watching my classmates, who were children, callously order around men and women who worked as their chauffeurs, cooks, nannies and servants. When the sons and daughters of the rich get into serious trouble there are always lawyers, publicists and political personages to protect them—George W. Bush’s life is a case study in the insidious affirmative action for the rich. The rich have a snobbish disdain for the poor—despite well-publicized acts of philanthropy—and the middle class. These lower classes are viewed as uncouth parasites, annoyances that have to be endured, at times placated and always controlled in the quest to amass more power and money. My hatred of authority, along with my loathing for the pretensions, heartlessness and sense of entitlement of the rich, comes from living among the privileged. It was a deeply unpleasant experience. But it exposed me to their insatiable selfishness and hedonism. I learned, as a boy, who were my enemies.

The inability to grasp the pathology of our oligarchic rulers is one of our gravest faults. We have been blinded to the depravity of our ruling elite by the relentless propaganda of public relations firms that work on behalf of corporations and the rich. Compliant politicians, clueless entertainers and our vapid, corporate-funded popular culture, which holds up the rich as leaders to emulate and assures us that through diligence and hard work we can join them, keep us from seeing the truth.

“They were careless people, Tom and Daisy,” Fitzgerald wrote of the wealthy couple at the center of Gatsby’s life. “They smashed up things and creatures and then retreated back into their money or their vast carelessness, or whatever it was that kept them together, and let other people clean up the mess they had made.”

Aristotle, Niccolò Machiavelli, Alexis de Tocqueville, Adam Smith and Karl Marx all began from the premise there is a natural antagonism between the rich and the masses. “Those who have too much of the goods of fortune, strength, wealth, friends, and the like, are neither willing nor able to submit to authority,” Aristotle wrote in “Politics.” “The evil begins at home; for when they are boys, by reason of the luxury in which they are brought up, they never learn, even at school, the habit of obedience.” Oligarchs, these philosophers knew, are schooled in the mechanisms of manipulation, subtle and overt repression and exploitation to protect their wealth and power at our expense. Foremost among their mechanisms of control is the control of ideas. Ruling elites ensure that the established intellectual class is subservient to an ideology—in this case free market capitalism and globalization—that justifies their greed. “The ruling ideas are nothing more than the ideal expression of the dominant material relationships,” Marx wrote, “the dominant material relationships grasped as ideas.” The blanket dissemination of the ideology of free market capitalism through the media and the purging, especially in academia, of critical voices have permitted our oligarchs to orchestrate the largest income inequality gap in the industrialized world. The top 1 percent in the United States own 40 percent of the nation’s wealth while the bottom 80 percent own only 7 percent, as Joseph E. Stiglitz wrote in “The Price of Inequality.” For every dollar that the wealthiest 0.1 percent amassed in 1980 they had an additional $3 in yearly income in 2008, David Cay Johnston explained in the article “9 Things the Rich Don’t Want You to Know About Taxes.” The bottom 90 percent, Johnson said, in the same period added only one cent. Half of the country is now classified as poor or low-income. The real value of the minimum wage has fallen by $2.77 since 1968. Oligarchs do not believe in self-sacrifice for the common good. They never have. They never will. They are the cancer of democracy.

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Os Pastorinhos vêem aquilo em que acreditam. Os Tóinos acreditam naquilo que vêem.

Tóinos

Tóinos

Pastorinhos

Pastorinhos

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capaz de dizer (vão depressa à casa de banho, se não se querem mijar pelas pernas abaixo) que “a actual crise financeira é resultado de erros e imperfeições do sistema financeiro que já estão a ser corrigidos”, demonstra empiricamente algo de que já suspeitávamos, que os suecadémicos se enganaram quando atribuíram o da literatura a Alice Munro. Na verdade, os velhotes pretendiam premiar o José Rodrigues dos Santos, Dino Meira, mas houve uma confusão qualquer e o porta-voz acabou por anunciar o nome da escritora canadiana, para grande embaraço dos coisos.

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Kaos en la Red

He “robado” 492.000 euros a quienes más nos roban

para denunciarlos y construir alternativas de sociedad

Enric Duran

Escribo en estas páginas para hacer público que he expropiado 492.000 euros a 39 entidades bancarias a través de 68 operaciones de crédito. Si incluimos los intereses de demora, la cifra actual de la deuda es de más de 500.000 euros que no pagaré.

Ha sido una acción individual de insubmisión a la banca que he llevado a cabo premeditadamente para denunciar al sistema bancario y para destinar el dinero a iniciativas que alerten de la crisis sistémica que estamos empezando a vivir y que intenten construir una alternativa de sociedad.

Se trata de una acción ajena a cualquier tipo de violencia, que reivindico como una nueva forma de desobediencia civil, a la altura de los tiempos que corren. Cuando la financiación al consumo y la especulación son dominantes en nuestra sociedad, ¿qué mejor que robar a los que nos roban y repartir el dinero entre los grupos que denuncian esta situación y construyen alternativas?

¿Cómo he podido conseguir tanto dinero sin propiedades ni avales?

Tras algunas investigaciones y pruebas, en la primavera del 2006, empecé a llevar adelante de manera definitiva esta idea haciendo creer, según el caso, a los diversos bancos, cajas y establecimientos financieros de crédito que me quería reformar el piso o comprar un coche. En algunos casos, también a través de una empresa creada con el propósito de poder justificar determinadas inversiones como la compra de material audiovisual para una productora.
La ventaja de pedir un préstamo desde una empresa es que la deuda como empresa, aunque sea una empresa unipersonal, no aparece en tu historial de deuda personal, de modo que puedes ir aumentando tu endeudamiento indefinidamente sin que el CIRBE (sistema de información sobre deudas del Banco de España) lo detecte. Existen otras maneras de engañar al CIRBE que explicaré a quien quiera realizar una acción con una finalidad similar a la de la mía.

Estos préstamos eran solicitados sin ninguna garantía ni de otra persona ni de ninguna propiedad, simplemente con mi firma. Con una profesión inventada y una buena nómina falsa que hacía creer que ganaba de sobras para acceder a la financiación. El quid de la cuestión es que los bancos no tienen manera alguna de comprobar si una nómina que les presentes es real o no, siempre y cuando la empresa y la persona existan realmente.

También había que presentar los extractos bancarios adecuados, que conseguía haciendo circular el dinero de cuentas de empresa a cuentas personales a través de transferencias de nóminas para simular ingresos personales, que los bancos se creían. En algunos casos me pedían el contrato de trabajo, la declaración de la renta o la vida laboral. A mis empresas les pedían las declaraciones del IVA trimestral y, cuando ya tenían más de un año, el impuesto de sociedades.
A todo esto se puede responder adecuadamente, y a veces con información real. Si no, con una impresora, fotocopiadora, tijeras y celo, ¡se hacen maravillas!
En algunos casos, tuve que comprar el coche para el que había solicitado el préstamo, y después me lo tuve que vender todo antes de dejar de pagar para que no me lo pudiesen embargar i así tener más fondos para financiar las luchas.

Sorprenderá que haya conseguido esto, 492.000 euros sin avales ni garantías, en un contexto de contracción del crédito. Es una demostración de cómo la banca promueve el endeudamiento de las familias por encima de cualquier control y de cualquier medida de prevención de riesgos y de sentido común. Como conclusión, hay un hecho que nos puede ayudar a entender las posibilidades y oportunidades que hay para este tipo de acción: los bancos y las entidades financieras necesitan conceder créditos, porque es una de sus maneras principales de obtener beneficios y porque, como ya hemos explicado en otro artículo anterior, el sistema financiero necesita que cada vez se firmen más créditos para poder crear cada vez más dinero. Es una rueda que no se detendrá hasta que colapse el sistema. Nosotras, en lugar de seguir ayudando a que la rueda gire pidiendo créditos para producir o para consumir, tenemos la oportunidad y la responsabilidad de ponerle trabas, heciéndoles creer que queremos créditos y que así podrán crear este dinero gracias a nosotras. Después, al no devolver los préstamos, hacemos desaparecer este dinero y el que se había creado de la nada, con la garantía que habíamos firmado de devolución de las deudas. Este sistema funciona a partir de la confianza y si mediante formas de actuación como estas, conseguimos sembrar desconfianza, podremos abolirlo (destruirlo?)!

¿Por qué esta acción?
 

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Alice Munro

[Excerto de]

JACARTA


Kath e Sonje têm na praia um lugar só delas, atrás de uns troncos grandes. Escolheram aquele sítio por ser abrigado do vento, por vezes forte – trazem consigo o bebé de Kath – mas também para evitarem os olhares de um grupo de mulheres que frequentam diariamente aquela praia. Kath e Sonje chamam-lhes as Mónicas.

Cada uma das Mónicas tem dois, três ou quatro filhos. Encontram-se todas sob a autoridade de uma Mónica autêntica, que da primeira vez que viu Kath e Sonje com o bebé se dirigiu a elas para se apresentar, convidando-as depois para se juntarem ao grupo.

Elas seguiram-na, levando entre si a alcofa do bebé. Que alternativa tinham? Mas a partir daí passaram a esconder-se por trás dos troncos.

O acampamento das Mónicas é feito de guarda-sóis, toalhas, embalagens de fraldas, cestos de piquenique, barcos e baleias insufláveis, brinquedos, cremes, roupa extra, chapéus para o sol, copos e pratos de papel e sacos térmicos com gelados caseiros feitos de sumo de fruta.

No grupo, as que não estão claramente grávidas parecem-no, com os seus corpos deformados. Caminham pesadamente até à beira da água, enquanto gritam aos filhos, que cavalgam troncos e desabam do cimo de baleias insufláveis.

“Onde puseste o chapéu? Onde puseste a bola? Pronto, já brincaste o suficiente com isso, agora é a vez da Sandy.”

Mesmo quando falam entre si têm que levantar a voz, por entre a gritaria das crianças.

“No Woodward’s, pelo preço de um hambúrguer compras carne picada.”

“Experimentei com pomada de óxido de zinco, mas não resultou.”

“Agora apareceu-lhe um abcesso nas virilhas.”

“Não podes usar fermento, tem que ser com bicarbonato de soda.”

Estas mulheres não são muito mais velhas do que Kath e Sonje, mas as suas vidas alcançaram um ponto que infunde pavor a ambas. Convertem a praia inteira numa tribuna. Os seus sacos, a sua fiada de filhos e cuidados maternais, a sua autoridade, podem destruir o brilho da água, a pequena e perfeita baía marginada por arbutáceas de ramos vermelhos e por cedros, que crescem torcidos sobre os altos penedos. Kath, em particular, sente a ameaça daquelas mulheres, agora que é mãe. Para não se afundar no lodo da mera função animal, tem o hábito de ler um livro enquanto dá a mama ao bebé, ou então fuma um cigarro. E se amamenta, não o faz apenas para fornecer à filha – Noelle – os preciosos anticorpos maternos, mas também para contrair o útero e alisar a barriga.

Alice Munro, O Amor de uma Boa Mulher, Tradução de José Miguel Silva, Relógio de Água

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